sábado, 10 de septiembre de 2011

Despreciable enemigo

Aún no te conozco y ya te odio.
Cuando estoy despierto siento tu kilométrica mirada recorriendo palmo a palmo los rincones de mi anatomía, eligiendo con cuidado. Cuando duermo, sueño con tus labios hinchados, agrietados y amoratados, cortados a la mitad por una especie de herida carnosa que no sangra, solo se hunde en tu cara de pasillos llenos de puertas, camillas y batas blancas.
Casi puedo imaginar cómo será tenerte cerca. Oler tu aliento, hálito de aromas dulzones, de pus e infección incontrolable.
¡Oh, coño, pero cuánto te odio!
Te alimentarás de mí, jodido bastardo. Ya puedo verte, escondido entre los pliegues de mi cuerpo. Ya puedo sentirte creciendo desde el interior, expandiéndote sin freno. Destruyendo las formas, las ideas y los órganos a tu paso. Reventando la piel, sajando los espacios que dejan los músculos que empujas, hasta asomarte para que palpe tus asquerosas cabezas.
Aquí te espero, cabrón. No puedo ni quiero huir de ti, pero no esperes sumisión, pienso borrarte a golpes esa sonrisa con la que me acechas, combatirte hasta que no me queden fuerzas ni siquiera para maldecirte. El único consuelo que me queda es que, pase lo pase, al final te llevaré conmigo a donde sea que me mandes.

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