domingo, 3 de abril de 2011

II

Cuando te conocí en una playa de cuatro paredes y mesas de madera, supe que cometería una injusticia queriendo como quería retenerte.
Aún así, lo intenté.
A penas podía creer las palabras de tu cabello mientras me hablaba ondulando sobre mi pecho o la música de tus dedos deslizándose entre los míos. Pero acabé por perder el rumbo en los paisajes de tu carne, de tu ser y de tus sueños, olvidándome por completo del pecado que estaba besando.
Tú conseguiste despertarte de la prisión de cristal y calor que había construido para nosotros. Recordaste que no pertenecías nadie y te fuiste rasgando el cielo como una centella de verde salvaje, convertida en viento, renacida en tu verdadera forma.
Sin mácula, pura, desnuda, humana.
Todavía dormido entre tus sábanas, no logré apartar de ti mis manos, hechas de seda contra tu cuerpo, y en la violencia de tu despegue te las llevaste contigo. Lloré impotente tu marcha y con el tiempo crecieron nuevas manos en donde no había quedado nada, pero fueron éstas de granito, nacidas de mi empeño de romper las cadenas de recuerdos, de noches compartidas y deseos que ahora sólo eran fantasmas.
Quise seguir el vuelo imposible que dictaban tus pies, pero pronto te perdí de vista en nubes de productos químicos y montañas traslúcidas de etiqueta blanca y negra.
Sin embargo, aún conservo los restos de aquellas horas perdidas mirándote, esperando extraer de ellas la fuerza para dejarme ir.
Deséame suerte como yo hago contigo y sigue tu camino sin abandonar nunca la sombra del Sol.

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