jueves, 31 de marzo de 2011

A la que nunca se dio nombre

Descargas con desprecio las horas vacías que nacen de tu vientre. Esos perros de caza que ladran detrás de uno con baba de espuma de nicotina goteando de sus fauces, que ladran, gruñen y muerden sin ninguna compasión. En ese sentido, se parecen a su madre.
Es entonces cuando te ríes de nosotros en toda tu asquerosa Gloria.
Ciega, sorda y muda por propia elección. Eres incapaz de sentir nada que no sea el dolor con el que continuamente pares. Quieres robarnos la lengua, arañarnos los ojos, rompernos los tímpanos y destrozarnos las manos. Codiciosa matrona que amamos, debemos dar gracias de que tu inmortalidad te haya hecho paciente.
Y aún te esfuerzas en ignorar, amada nuestra, que es en los días de tu asesina presencia, en el veneno de color dorado y sabor a madera que expectoran tus hijos, que se traman tus abortos. Sólo en ti, la más humana de las Musas a la que nunca se dio nombre, es posible comprender y admirar las maravillas del arte. La armonía de las partituras, los trazos del pincel, los folios manchados y las piedras esculpidas, todo ello nace de la sangre de tu útero estéril e inconcebiblemente fecundo.
Quiero darte las gracias, en nombre de todos nosotros, por existir. Siempre tan bella, tan hermosa que acabamos volviendo a ti con la esperanza de que tu huidiza sonrisa nos llene y te mate.

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