jueves, 11 de agosto de 2011

Tahúr

Me gano la vida sangrando a los desgraciados que se sientan a una mesa de juego y se olvidan de todo lo que saben, de lo que son y de lo que les rodea. A los que reducen el mundo a las cartas que les ponen delante, acuciados por una voluntad irrefrenable de jugar, suceda lo que suceda.
Para este trabajo no hay nada como la baraja francesa. Es mi talismán, mi fetiche, pero lo cierto es que sus formas y colores resultan, de alguna forma, hipnóticos, como si los naipes tuviesen en efecto la capacidad de pegarte a la silla y hacerte seguir adelante, siempre adelante sin importar lo que pierdas o lo que ganes. Picas, corazones, tréboles y diamantes. Le rouge et le noir en una combinación exquisita que muchos conocen, algunos aprecian y muy pocos realmente comprenden.
Lo bueno del oficio es que, una vez aprendes a buscar, nunca te faltan lugares u ocasiones en las que barajar. Sólo tienes que poner atención, es en donde más suena el deslizar de las cartas que habitan la desesperación y la avaricia que persigues. Lo malo es que por muy hábil que seas, por mucha suerte que creas tener, siempre encontrarás a alguien con más habilidad, mejor suerte y perderás. El secreto es no dejarte llevar, no convertirte en lo que comes.
Pero no es fácil.
Hay partidas que no se pueden ganar y eso es algo que tuve que aprender a golpes. Todo empezó cuando entró en escena, con esos ojos como agujeros negros que engullían la habitación. Tenía que haberme levantado, salido de allí y, una vez me hubiese perdido de vista, corrido como alma que lleva el Diablo. No recuerdo que perdiese una sola mano aquella noche, pero sé que me dejó sin blanca. Bebimos a su cuenta, como no podía ser de otra forma, hasta que nos retiramos a su casa, tropezándonos con la gente que se acababa de levantar. De aquella primera mesa le acompañé a muchas otras, sintiéndome, poco a poco, como un premio más que había ganado o, peor aún, como una pequeña mascota que llevaba consigo para entretenerse.
Un día, mientras dormía, me escapé de su abrazo y salí de nuevo. No me costó encontrar el olor del tabaco y el sudor que acompaña a los movimientos de las cartas. Volví a sentir lo que era ser la mano que guía el juego, a ser libre de su presencia y ganar. Regresé triunfante antes de que se despertase y me deslicé a su lado sin que se diese cuenta o eso creí.
Al principio no lo noté, pero las cosas empeoraron cada vez más y deprisa. Las discusiones eran más frecuentes y violentas, nos arrastrábamos mutuamente a la compañía de otros sólo para no escucharnos, hasta que finalmente empezó a perder y yo no dejé de hacerlo. Por mi parte, sin querer ver lo que pasaba, seguí escabulléndome cuando él ya no podía más y se derrumbaba como sin vida sobre la cama, disfrutando al máximo de aquellas horas en las que recuperaba mis ánimos, mi antiguo ser.
Volvía de una de mis galopadas y ya cerraba la puerta cuando sentí aquella mirada suya taladrándome la nuca desde el pasillo. No me atreví a girarme. El corazón me dio un vuelco cuando me agarró del brazo y me arrojó fuera, arrancándome las llaves sin ni siquiera detenerse un segundo a mirarme, dejándome allí, inmóvil, entre la sorpresa y el terror. Lo sabía, y lo más terrible era que siempre lo había sabido, no había podido engañarle. Una náusea me sacudió y la bilis subió por la garganta. Me tiré contra la puerta golpeando la madera con todas mis fuerzas, llorando, suplicándole que me dejase entrar, que me perdonase, que le amaba y muchas otras cosas que ya no quiero recordar. Pasé toda la noche esperando al lado de aquella puerta, pero no la abrió nunca más. Prefiero no saber cuántas veces le llamé en los días que siguieron por que en ningún momento contestó.
Después de aquello, tardé bastante tiempo en ponerme de nuevo tras el rastro de una presa. Cada vez que escuchaba el sonido de los naipes reptando de una mano a otra me echaba a llorar, pues parecía que lo único que sabía hacer ahora era humillarme a sus pies y que todo lo demás se había quedado en el camino. Sin embargo, a penas consciente de ello, me senté en una mesa, repartieron y gané. Con el tiempo, todo volvió a la normalidad aunque, con más frecuencia de la que hoy puedo admitir, los recuerdos me hacían beber más de la cuenta.
Volví a verle, por supuesto, en uno de los antros que frecuentábamos. La verdad es que observándole, tan confiado y sereno, parecía que no había nada ni nadie capaz de derrotarlo. Me uní a la partida. No nos saludamos. Perdí la primera mano, después una segunda y una tercera. Apostaba sin pensar, no miraba las cartas, sólo apostaba. Empezó a sonreír y yo aparté los ojos de él por primera vez. Fui yo quien acabó llevándose todo cuanto se había puesto en juego. La partida acabó, y mientras los demás se lamentaban de su mala estrella, él intentó hablar conmigo, pero no quise escucharle.
De la Tour lo sabía, las cartas más importantes son los ases y su tahúr usó el de diamantes para ganar. La baraja francesa es la mejor para este trabajo, está hecha para depositar en ella tu vida entera y jugarla a una única mano, pero no puedes pretender ganar cuando de la tuya un tahúr cualquiera ha robado el as de corazones.

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