Cuando te conocí en una playa de cuatro paredes y mesas de madera, supe que cometería una injusticia queriendo como quería retenerte.
Aún así, lo intenté.
A penas podía creer las palabras de tu cabello mientras me hablaba ondulando sobre mi pecho o la música de tus dedos deslizándose entre los míos. Pero acabé por perder el rumbo en los paisajes de tu carne, de tu ser y de tus sueños, olvidándome por completo del pecado que estaba besando.
Tú conseguiste despertarte de la prisión de cristal y calor que había construido para nosotros. Recordaste que no pertenecías nadie y te fuiste rasgando el cielo como una centella de verde salvaje, convertida en viento, renacida en tu verdadera forma.
Sin mácula, pura, desnuda, humana.
Todavía dormido entre tus sábanas, no logré apartar de ti mis manos, hechas de seda contra tu cuerpo, y en la violencia de tu despegue te las llevaste contigo. Lloré impotente tu marcha y con el tiempo crecieron nuevas manos en donde no había quedado nada, pero fueron éstas de granito, nacidas de mi empeño de romper las cadenas de recuerdos, de noches compartidas y deseos que ahora sólo eran fantasmas.
Quise seguir el vuelo imposible que dictaban tus pies, pero pronto te perdí de vista en nubes de productos químicos y montañas traslúcidas de etiqueta blanca y negra.
Sin embargo, aún conservo los restos de aquellas horas perdidas mirándote, esperando extraer de ellas la fuerza para dejarme ir.
Deséame suerte como yo hago contigo y sigue tu camino sin abandonar nunca la sombra del Sol.
domingo, 3 de abril de 2011
jueves, 31 de marzo de 2011
A la que nunca se dio nombre
Descargas con desprecio las horas vacías que nacen de tu vientre. Esos perros de caza que ladran detrás de uno con baba de espuma de nicotina goteando de sus fauces, que ladran, gruñen y muerden sin ninguna compasión. En ese sentido, se parecen a su madre.
Es entonces cuando te ríes de nosotros en toda tu asquerosa Gloria.
Ciega, sorda y muda por propia elección. Eres incapaz de sentir nada que no sea el dolor con el que continuamente pares. Quieres robarnos la lengua, arañarnos los ojos, rompernos los tímpanos y destrozarnos las manos. Codiciosa matrona que amamos, debemos dar gracias de que tu inmortalidad te haya hecho paciente.
Y aún te esfuerzas en ignorar, amada nuestra, que es en los días de tu asesina presencia, en el veneno de color dorado y sabor a madera que expectoran tus hijos, que se traman tus abortos. Sólo en ti, la más humana de las Musas a la que nunca se dio nombre, es posible comprender y admirar las maravillas del arte. La armonía de las partituras, los trazos del pincel, los folios manchados y las piedras esculpidas, todo ello nace de la sangre de tu útero estéril e inconcebiblemente fecundo.
Quiero darte las gracias, en nombre de todos nosotros, por existir. Siempre tan bella, tan hermosa que acabamos volviendo a ti con la esperanza de que tu huidiza sonrisa nos llene y te mate.
Es entonces cuando te ríes de nosotros en toda tu asquerosa Gloria.
Ciega, sorda y muda por propia elección. Eres incapaz de sentir nada que no sea el dolor con el que continuamente pares. Quieres robarnos la lengua, arañarnos los ojos, rompernos los tímpanos y destrozarnos las manos. Codiciosa matrona que amamos, debemos dar gracias de que tu inmortalidad te haya hecho paciente.
Y aún te esfuerzas en ignorar, amada nuestra, que es en los días de tu asesina presencia, en el veneno de color dorado y sabor a madera que expectoran tus hijos, que se traman tus abortos. Sólo en ti, la más humana de las Musas a la que nunca se dio nombre, es posible comprender y admirar las maravillas del arte. La armonía de las partituras, los trazos del pincel, los folios manchados y las piedras esculpidas, todo ello nace de la sangre de tu útero estéril e inconcebiblemente fecundo.
Quiero darte las gracias, en nombre de todos nosotros, por existir. Siempre tan bella, tan hermosa que acabamos volviendo a ti con la esperanza de que tu huidiza sonrisa nos llene y te mate.
lunes, 14 de febrero de 2011
Crecí
Nací viendo cómo las raíces de los árboles se hundían lentamente en el suelo. Durante años fui feliz, escuchando el monótono pero bello canto de la tierra dejando paso a la vida. Pero llegó el día en el que aquel espectáculo empezó a aburrirme y, al final, a asquearme.
Siguiendo la corteza de los colosos acabé por volver la cabeza hacia el cielo. Arriba, muy arriba. En donde se agitaba el verde contra el azul. Entonces me divertí jugando con el Sol a ver quién parpadeaba primero o disfrutando de las delicias del viento. Aunque con el tiempo, el Sol se fue apagando poco a poco sin perder su luz y el viento sopló frío hasta hacerse insoportable.
Bajé de las copas y me descubrí en los prados, buscando el consuelo de la hierba fresca. En aquel lugar, alguien había olvidado una pequeña hoguera casi extinguida. Las llamas menguaban y crecían, aferrándose a su madre de carbón. Cogí el tizón y me enamoré de las formas brillantes y cálidas que se consumían sin remedio. Corrí de nuevo al bosque y posé a las criaturas en la hojarasca del suelo. Crepitando con chasquidos que nunca había oído cantaba el fuego mientras caminaba en todas direcciones, cada vez más rápido. Un humo gris salió bramando tras los pasos de la bestia y yo me quedé inmóvil, aterrorizado y maravillado por y de los sonidos, los olores y las luces que de pronto ocultaron el mundo.
Cuando el momento se hizo eterno, escapé de la hermosura de las escenas que me habían rodeado y me di cuenta de que estaba sólo. Los árboles habían desaparecido, la hierba no era más que una masa ennegrecida e incluso el humo se había dispersado en el viento. Lloré hasta quedarme seco y grité hasta quedarme mudo. Supe que jamás volvería a escuchar el arrullo de las raíces, a sentir el abrazo de la brisa o a ver la voluptuosidad del fuego en mi imperio de ceniza.
Siguiendo la corteza de los colosos acabé por volver la cabeza hacia el cielo. Arriba, muy arriba. En donde se agitaba el verde contra el azul. Entonces me divertí jugando con el Sol a ver quién parpadeaba primero o disfrutando de las delicias del viento. Aunque con el tiempo, el Sol se fue apagando poco a poco sin perder su luz y el viento sopló frío hasta hacerse insoportable.
Bajé de las copas y me descubrí en los prados, buscando el consuelo de la hierba fresca. En aquel lugar, alguien había olvidado una pequeña hoguera casi extinguida. Las llamas menguaban y crecían, aferrándose a su madre de carbón. Cogí el tizón y me enamoré de las formas brillantes y cálidas que se consumían sin remedio. Corrí de nuevo al bosque y posé a las criaturas en la hojarasca del suelo. Crepitando con chasquidos que nunca había oído cantaba el fuego mientras caminaba en todas direcciones, cada vez más rápido. Un humo gris salió bramando tras los pasos de la bestia y yo me quedé inmóvil, aterrorizado y maravillado por y de los sonidos, los olores y las luces que de pronto ocultaron el mundo.
Cuando el momento se hizo eterno, escapé de la hermosura de las escenas que me habían rodeado y me di cuenta de que estaba sólo. Los árboles habían desaparecido, la hierba no era más que una masa ennegrecida e incluso el humo se había dispersado en el viento. Lloré hasta quedarme seco y grité hasta quedarme mudo. Supe que jamás volvería a escuchar el arrullo de las raíces, a sentir el abrazo de la brisa o a ver la voluptuosidad del fuego en mi imperio de ceniza.
domingo, 13 de febrero de 2011
Niño malcriado
Eres travieso, manipulador, casi cruel y hasta despiadado conmigo.
Describes con detalle los lugares en los que te esconderá de mí solo para que vaya a buscarte. Estúpido como soy, me dejo arrastrar por tus juegos de niño malcriado, esperando ganarte algún día.
Por fortuna, o quién sabe si por desgracia, siempre te encuentro. Enlutado en rojo, mirándome con esos ojos de profundidad cavernaria. Ríes en mil olas y dejas que te abrace, volviéndote a escapar sin dejar que llegue a besarte.
Entonces volvemos a empezar.
Cazador y presa, siempre el uno tras la otra. A veces, en este juego, no puedo evitar preguntarme si, realmente, no serás tú el gato y yo el ratón.
Describes con detalle los lugares en los que te esconderá de mí solo para que vaya a buscarte. Estúpido como soy, me dejo arrastrar por tus juegos de niño malcriado, esperando ganarte algún día.
Por fortuna, o quién sabe si por desgracia, siempre te encuentro. Enlutado en rojo, mirándome con esos ojos de profundidad cavernaria. Ríes en mil olas y dejas que te abrace, volviéndote a escapar sin dejar que llegue a besarte.
Entonces volvemos a empezar.
Cazador y presa, siempre el uno tras la otra. A veces, en este juego, no puedo evitar preguntarme si, realmente, no serás tú el gato y yo el ratón.
martes, 28 de diciembre de 2010
I
Cuesta abajo o cuesta arriba, pero siempre sin frenos, mirando en todas direcciones sin cuidar por donde ando perdido, aunque sé que en algún lugar aguarda un agujero cuyos tamaño y profundidad prefiero ignorar.
Jalonando de espuma, humo y tinta cada paso, acompañado por el recuerdo de caricias que fueron y por los besos de musas de apetitos insaciables. Siempre, siempre sin olvidar los días en los que todo era oro encerrado en un frasco.
Destrozándose mis manos acariciando melenas de acero o perdiendo la lengua en bocas de papel de lija o la voz dentro de oídos que sólo oyen, para encontrarme renacido, aunque cada vez un poco más muerto, en los brazos de nuevas estatuas céreas que me van llevando a trompicones, sin orden, a algún lugar.
Entonces amanece en otros Universos y se hace de noche sobre mi cabeza. Me encontrará el Sol Nocturno en alguna barra, agarrado a un cenicero cargado de colillas como si fuese mi más preciado tesoro, con cristal marcado de ciervos blancos y los ojos vidriosos.
Esperando.
La Gloria de la aventura murió con los neones, y la de éstos con el auge de la decadencia que representan, suponiendo que alguna vez gozaron de algo parecido. Iluminan a los magníficos carroñeros que un día fueron personas, presentándolos como abominables y horribles caricaturas de humanidad. Todo ello es la música de la civilización: terrible, bella, orgullosa y fúnebre. No puedo evitar escucharla con devoción religiosa y dejarme arrastrar a los excesos a los que canta. Rezando con las manos juntas, penitente de amor y odio por Ella.
Esperando, maldita sea.
Esperando mi turno. Algún día llegará, justo antes de que yo también encuentre el borde del agujero.
Jalonando de espuma, humo y tinta cada paso, acompañado por el recuerdo de caricias que fueron y por los besos de musas de apetitos insaciables. Siempre, siempre sin olvidar los días en los que todo era oro encerrado en un frasco.
Destrozándose mis manos acariciando melenas de acero o perdiendo la lengua en bocas de papel de lija o la voz dentro de oídos que sólo oyen, para encontrarme renacido, aunque cada vez un poco más muerto, en los brazos de nuevas estatuas céreas que me van llevando a trompicones, sin orden, a algún lugar.
Entonces amanece en otros Universos y se hace de noche sobre mi cabeza. Me encontrará el Sol Nocturno en alguna barra, agarrado a un cenicero cargado de colillas como si fuese mi más preciado tesoro, con cristal marcado de ciervos blancos y los ojos vidriosos.
Esperando.
La Gloria de la aventura murió con los neones, y la de éstos con el auge de la decadencia que representan, suponiendo que alguna vez gozaron de algo parecido. Iluminan a los magníficos carroñeros que un día fueron personas, presentándolos como abominables y horribles caricaturas de humanidad. Todo ello es la música de la civilización: terrible, bella, orgullosa y fúnebre. No puedo evitar escucharla con devoción religiosa y dejarme arrastrar a los excesos a los que canta. Rezando con las manos juntas, penitente de amor y odio por Ella.
Esperando, maldita sea.
Esperando mi turno. Algún día llegará, justo antes de que yo también encuentre el borde del agujero.
lunes, 25 de octubre de 2010
El Entierro
-¿Han enterrado ustedes a un hombre aquí?- preguntó a un hombre acompañado por un pequeño número de mujeres enlutadas.
- No, nosotros no, gracias a Dios- respondió con grandes aspavientos-. Pero, en efecto, acaban de enterrar a un hombre; nosotros no venimos más que a entonarle un cántico a ese pobre cuerpo mortal- se calló un momento, entornando los ojos en un gesto de curiosidad-. Perdone, pero, ¿no será usted el joven que se fue con su regimiento a las Indias?- brilló por un momento una luz de reconocimiento-, ¿no será el hijo que escribió la carta...?
- No, se está equivocando- dijo lacónico-. ¿Así que ya terminó el funeral?
- Sí... sí, señor, cantaremos los salmos que solicitó la familia y nos iremos- contestó aturdido.
- Muy bien- asintió y volvió al coche en el que había llegado.
Poco después, cuando las voces plañideras compradas con libras dejaron el lugar, el joven salió de nuevo y con él sacó una vieja bolsa de mano, pagó al chófer y el carro se fue. Con paso marcial se acercó a la tumba recién excavada, pasando por alto nombres cincelados en mármol por los que años antes había llorado, encogiéndose frente a otro que quiso ignorar pero no pudo y que en silencio le escupía su odio.
Se detuvo ante la sepultura y se quedó inmóvil, con los ojos clavados en la tierra removida. Abrió la bolsa, volcando su contenido sobre la lápida. Una camisa, un pantalón y una chaqueta raídos por el tiempo volaron brevemente sobre la brisa. El joven se agachó y, susurrando contra las lágrimas, acertó a decir:
-¿Quién va a pagar ahora por el crimen que me obligaste a cometer?
Se levantó lentamente, giró sobre sus talones y allí dejó, sobre la conciencia de su padre, aquellas ropas manchadas de sangre.
- No, nosotros no, gracias a Dios- respondió con grandes aspavientos-. Pero, en efecto, acaban de enterrar a un hombre; nosotros no venimos más que a entonarle un cántico a ese pobre cuerpo mortal- se calló un momento, entornando los ojos en un gesto de curiosidad-. Perdone, pero, ¿no será usted el joven que se fue con su regimiento a las Indias?- brilló por un momento una luz de reconocimiento-, ¿no será el hijo que escribió la carta...?
- No, se está equivocando- dijo lacónico-. ¿Así que ya terminó el funeral?
- Sí... sí, señor, cantaremos los salmos que solicitó la familia y nos iremos- contestó aturdido.
- Muy bien- asintió y volvió al coche en el que había llegado.
Poco después, cuando las voces plañideras compradas con libras dejaron el lugar, el joven salió de nuevo y con él sacó una vieja bolsa de mano, pagó al chófer y el carro se fue. Con paso marcial se acercó a la tumba recién excavada, pasando por alto nombres cincelados en mármol por los que años antes había llorado, encogiéndose frente a otro que quiso ignorar pero no pudo y que en silencio le escupía su odio.
Se detuvo ante la sepultura y se quedó inmóvil, con los ojos clavados en la tierra removida. Abrió la bolsa, volcando su contenido sobre la lápida. Una camisa, un pantalón y una chaqueta raídos por el tiempo volaron brevemente sobre la brisa. El joven se agachó y, susurrando contra las lágrimas, acertó a decir:
-¿Quién va a pagar ahora por el crimen que me obligaste a cometer?
Se levantó lentamente, giró sobre sus talones y allí dejó, sobre la conciencia de su padre, aquellas ropas manchadas de sangre.
sábado, 9 de octubre de 2010
Coruña
Coruña, siempre Coruña. Casi rodeada por los cuatro costados por las frías aguas del Atlántico que se mecen o se enfurecen en sus playas, abiertas a la espuma blanca de semen que deja el oleaje.
Envuelta en un sopor del que no despierta, son sus venas calientes y vivas, por las que corren las risas de la vida nocturna y los motores del trabajo diario. Dama risueña que coquetea en la geografía gallega, señora de trono gastado y banco vacío, anciana de mandil manchado por la tierra de la huerta y las escamas del mar.
La de las mil gaviotas que lloran en el puerto al olor del pescado recién descargado. La de la historia que perdura en los corazones de aquellos que miran la Torre de Hércules durante los días en los que desde su cumbre se ven otras tierras. La de los que pasean bajo el grueso follaje de los jardines de Méndez Núñez. La de los que se pierden por la Ciudad Vieja de San Judas Tadeo, San Carlos y la Virgen del Pilar, sólo para encontrarse de nuevo con el azul siempre cambiante. La ciudad en la que la fuente de Cuatro Caminos se convierte en el centro mismo del universo. Del Obelisco y su anciano reloj. De María Pita, de Hércules y Gerión de Breogán y sus leyendas.
La vieja y nueva Coruña, caótica y terrible, acogedora y cariñosa. Mi odiada Coruña. Mi amada Coruña.
Siempre Coruña.
Envuelta en un sopor del que no despierta, son sus venas calientes y vivas, por las que corren las risas de la vida nocturna y los motores del trabajo diario. Dama risueña que coquetea en la geografía gallega, señora de trono gastado y banco vacío, anciana de mandil manchado por la tierra de la huerta y las escamas del mar.
La de las mil gaviotas que lloran en el puerto al olor del pescado recién descargado. La de la historia que perdura en los corazones de aquellos que miran la Torre de Hércules durante los días en los que desde su cumbre se ven otras tierras. La de los que pasean bajo el grueso follaje de los jardines de Méndez Núñez. La de los que se pierden por la Ciudad Vieja de San Judas Tadeo, San Carlos y la Virgen del Pilar, sólo para encontrarse de nuevo con el azul siempre cambiante. La ciudad en la que la fuente de Cuatro Caminos se convierte en el centro mismo del universo. Del Obelisco y su anciano reloj. De María Pita, de Hércules y Gerión de Breogán y sus leyendas.
La vieja y nueva Coruña, caótica y terrible, acogedora y cariñosa. Mi odiada Coruña. Mi amada Coruña.
Siempre Coruña.
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