martes, 4 de octubre de 2011

En la boca del lobo - Capítulo 2


"Y no le compadecerás; vida por vida, ojo por ojo, diente por diente, mano por mano, pie por pie." Deuteronomio 19:21

-¡Eh, tú, pedazo de mierda!- aunque gritó con todas sus fuerzas, la música estaba tan alta que podía no haberle escuchado-. ¡¡Te estoy hablando a ti, gilipollas!!
-¿Qué coño quieres?- preguntó el hombre sin girarse y sin alzar la voz, como si hablase con el vaso que tenía delante.
-¡¡Te estoy hablando!!- aulló, dándole una patada al taburete en el que se sentaba el otro, tirando ambos al suelo-. ¡Levántate, cabrón, levántate!
- Me cago en la puta...- alzó la cabeza y vio a los tres gorilas mirándole desde arriba. Alrededor de los cuatro se había formado un círculo que alejaba la marea humana que aún bailaba, casi por completo ajena a ellos, al ritmo de aquella taladradora de tímpanos que no callaba nunca-. Esto era completamente innecesario, amigo.
-¡Cabrón de mierda!- dijo el matón, agachándose para agarrar al hombre por las solapas de la cazadora y levantarlo a pulso en una demostración más de fuerza bruta-. ¿¡Es que estás sordo!?
- No- dijo lacónico- te he oído la primera vez, eres tú el que no usa bastones para los oídos.
-¿Es este tarado, Jimmy?- le preguntó a alguien a sus espaldas sin apartar los ojos de lo que sostenía.
- Sí, James- respondió uno de los brutos que lo acompañaban echándose una mano a la nariz, que aún seguía sangrando bajo los improvisados vendajes de papel higiénico y esparadrapo-, este es el hijo de puta que me ha roto la nariz.
-¿Estás seguro?- inquirió incrédulo.
- Sí- contestó el hombre con una sonrisa, inclinando la cabeza para mirar la cara enrojecida del herido-, yo le arreglé la cara a tu amigo Jimmy, y gratis además. Cualquier otro le habría cobrado por tan necesaria cirugía, ¿no te parece?
- Te ha tocado el premio gordo, colega- dijo James rechinando los dientes-. Cuando terminemos contigo no van a saber...
-¡Cállate de una puta vez y dame!- exclamó el desconocido de repente, interrumpiéndole. James quedó perplejo durante unos instantes, pero la rabia volvió a sus ojos en seguida y descargó sobre la cara del hombre un puñetazo que lo proyectó contra la barra, haciéndole chocar contra ella con tal violencia que la hizo temblar en una avalancha de vasos-. A que no era tan difícil...- murmuró, echándose la mano a los labios y mirando en ella la sangre que recogía.
 -¡Vamos, arriba, vamos!- gritaba el matón, alzando los puños como un púgil-. ¡Te voy a partir la cara, maricón!
 - Que poco respeto...- negó con la cabeza mientras se levantaba-. ¿Sabe tu madre que te dedicas a ir llamándole eso a la gente como si fuese un insulto?- preguntó distraído, absorto en la tarea de sacudirse el abrigo con cuidado de no cortarse con los cristales que le habían caído encima-. Perdón, a lo mejor a tu madre no, pero seguro que a tu padre no le haría ninguna gracia.
 -¡¡Te voy a reventar!!- echó el puño hacia atrás y lo lanzó contra el hombre. Antes de que los nudillos encontrasen su objetivo, el desconocido se hizo a un lado y le abofeteó la mejilla en un mismo movimiento.
 - Venga, James, cuando no me movía lo sabías hacer muy bien- sorprendido por segunda vez, el joven tardó un momento en ordenar sus pensamientos y ponerse de nuevo en guardia. Volvió a intentar golpear aquella cara y nuevamente lo esquivó y le abofeteó, lo intentó una vez más y el resultado fue el mismo. Una furia que no podía contener afloró a las mejillas del bruto y se abalanzó sobre el extraño, que en ese momento le cogió de las muñecas, deteniéndolo-. Así no, James- el hombre hundió sus dedos en la carne que tenía entre ellos, el matón dejó escapar un gemido de dolor y aflojó los puños. Con un repentino tirón, el desconocido giró y abrió los brazos y James cayó de rodillas en el suelo, aullando de dolor, mirando con angustia el ángulo en el que le habían doblado los suyos-. Así, se hace así.
 -¡¡Cabrón!!- el otro montón de músculos se echó hacia delante con los puños preparados, en un segundo ya estaba encima de ellos. El hombre soltó los brazos de James, que se quedó postrado por el dolor, y con ambas manos apartó el puño de su atacante, propinándole un fuerte cabezazo en la nariz cuando la inercia lo acercó a él-. ¡¡Mi nariz, me ha roto la puta nariz!!- gritó al caer, echándose las manos a la cara, con la sangre manando entre los dedos.
 - Sí... dos narices seguidas- jadeó el extraño, frotándose la frente-, debe ser... mi día de suerte, muchachos.
 -¡¡Te mataré!!- Jimmy, que hasta entonces se había quedado quieto, saltó por encima del segundo matón y embistió como un animal. Con todo su peso en aquella carga, arrolló al hombre y ambos fueron a dar contra la barra, golpeando la espalda del otro contra ella. El hombre forcejeó para sacárselo de encima en vano, Jimmy lo tenía bien agarrado y al momento la emprendió a rodillazos con su estómago-. ¡¡Jódete, jódete, jódete!!- repetía con cada ir y venir de la pierna. El desconocido consiguió colar un brazo entre los del gorila y le cogió la nariz con el pulgar y el índice, apretando el tabique nasal. Jimmy soltó un alarido que se pudo escuchar por encima de la música y se quedó quieto, cerrando los puños en torno a aquella mano que lo torturaba.
 - Control... de la ira...- tosió con la mano en el estómago-, te hace falta, Jimmy- se echó hacia adelante, alejándose de la barra, y apretó aún más la pinza de sus dedos, las piernas del joven fallaron y cayó al suelo junto a su compañero, ambos con las narices destrozadas.
 Entre tanto, James, que se había recuperado, cogió un taburete con ambas manos, estrellándolo contra los hombros del extraño, haciendo que diese varias zancadas hacia adelante para no perder el equilibrio.
 -¡Te voy a dejar nuevo, colega!- rió triunfante, persiguiendo a la aturdida figura para volver a golpearla. Como si fuese un bate, lo puso detrás de la nuca y trazó amplio arco. El hombre se agachó y el taburete pasó por encima de su cabeza. Se alzó de un salto y, antes de que el joven pudiese reaccionar, le propinó un fuerte puñetazo en el vientre, robándole el aliento, y otro en la mejilla, echándolo hacia atrás.
 - Ahora me has cabreado- dijo y metió la mano en el bolsillo del gabán, extrayendo una pequeña barra rematada en una esfera metálica que, con un golpe seco, se mostró en su verdadera longitud con un sonido que hizo estremecerse a los que pudieron oírlo-. Vas a cagar dientes durante un mes, chico- en ese momento se dieron cuenta de que la música ya no sonaba.
 - Espera un momento, Conan, ya está bien, suelta la extensible ahora mismo- dijo una voz femenina a las espaldas del hombre, que notó una presión y algo frío posado contra su nuca-. ¿Es que no me has oído?- la presión se hizo un poco más acuciante y obedeció-. Bien, ya habéis causado suficiente alboroto por hoy, quiero que os vayáis todos de mi maldito local y que no volváis en vuestra puta vida, ¿entendido?- los chicos se levantaron y se fueron como pudieron, pero el hombre se giró lentamente y sus ojos se encontraron con los zafiros de la que le hablaba. Una melena rubia caía sobre sus hombros blancos, rectos y fuertes, casi masculinos. En su cara afilada, de duras y frías facciones como las de una estatua, no se leía nada más que desprecio. Pero un brillo de reconocimiento se hizo en aquellos ojos profundamente verdes, surcándolos como un rayo y los labios de rojo se abrieron en una mueca de asombro-. No puede ser...- dijo con un hilo de voz, apartando la pistola de la cara del hombre sólo para volver a posársela contra la frente, dibujando un rictus de ira-. Tienes unos huevos que no te deben de caber en los calzoncillos para montarme este espectáculo.
 - Katyu...
 -¡No te atrevas!- gritó ella, interrumpiéndole-, ¡no te atrevas a llamarme así, bastardo asqueroso!
 - Está bien- dijo con una sonrisa, levantando las manos-. Está bien. Hola, Yekaterina.
 -¿¡Hola!?- empujó al hombre con fuerza sin bajar el arma-. Después de cinco años sin saber nada de ti vienes aquí, me jodes el negocio, te dejan hecho una mierda, te pongo una puta pistola en la puta cara, ¿¡y todo lo que se te ocurre decirme, jodido gilipollas, es hola!?
 - Te echaba menos.
 -¡Veta al Infierno!- exclamó. Durante unos segundos se quedó mirando aquellos ojos y aquella sonrisa surcada de sangre. Dio un sonoro suspiro y dejó de encañonarle-. ¡Tolya!
 -¡Da!- respondieron desde alguna parte del local, ya vacío.
 -¡Echa a todos los que aún se estén metiendo en el baño y echa el cierre!
 -¡Bien!
 - Nos vamos- dijo con voz cansada-, hay que ponerte algo en ese labio.
 - Katyusha, yo...
 - No, te he dicho que no me llames así- respondió sin mirarle-. Aún no.
 - Necesitaba hablar contigo...- dijo él con un tono que era casi de súplica-. Los estoy buscando...
 -¡Joder, Lawrence, cierra la puta boca!- chilló-. Tú... sólo... no digas nada hasta que lleguemos a casa- se alejó a pasos firmes y elegantes, con el vestido negro casi lamiendo el suelo pero sin llegar a tocarlo, dando la impresión de que en realidad sus pies tampoco llegaban a hacerlo.
 -¡Lawrence!- le llamó otra voz, esta vez masculina, alejando su atención de las curvas de la mujer. Se giró  y no pudo apartarse a tiempo de la trayectoria de un puño que se precipitó contra su cara con una fuerza que a punto estuvo de romperle la mandíbula. Cuando el mundo volvió a su posición original y las luces dejaron de danzar ante él, alzó la cabeza y lo vio. Un titán de dos metros de altura, con una espalda y unos brazos que no desmerecerían los de Atlas, embutido en un traje negro con una corbata que en su ancho pecho se veía ridícula. Sobre sus ojos azules y claros como el hielo, lucía una cabellera pelirroja.
 - Vaya- tosió dolorido-, Mijail, siempre es un placer que me rompas la cara...
 - Debería arrancarte la lengua y hacértela tragar- respondió, abriendo y cerrando el puño.
 - Seguro que así mejoraba mi ruso.
 -!Hijo de...¡- lanzó una de sus enormes manos al hombro de Lawrence, que ni siquiera hizo un intento de defenderse, levantando la otra ya cerrada con el pensamiento de hundírsela en el cráneo si se veía capaz, pero con visible esfuerzo se contuvo-. Eres un estúpido, tenías que haberte quedado en tu agujero y pudrirte en él.
 - Llevo haciéndolo demasiado tiempo, Mijail- respondió, posando una mano en la que aún le agarraba el hombro-, ya era hora de volver.
 El gigante se quedó mirándolo con la misma expresión que Yekaterina y al cabo lo soltó con un bufido cansado.
  - Ya lo veremos, Lawrence, ya lo veremos.

lunes, 3 de octubre de 2011

Yo, Vampiro


 No es fácil ser un vampiro. Nunca lo ha sido y nunca lo será, menos aún cuando eres búlgaro y tus orificios nasales se unen en un sólo agujero en el maldito centro de la nariz, o casi peor, uno de esos polacos que de repente se levantan de la tumba y se ponen a comer kilos y kilos de pescado como si no hubiese un mañana.
 Cierto es que hemos vivido tiempos realmente duros, antes de que el pensamiento Ilustrado debilitase finalmente la fuerza de las supersticiones en la vida cotidiana y la literatura y el cine, maravillosas artes ambas, relegasen nuestra existencia a la pura ficción, la gente tenía costumbres realmente desagradables para evitar que te levantases de la tumba. Volviendo a lo horribles que pueden llegar a ser los búlgaros, no es que tenga nada en su contra, pero es que realmente se pasaban, tenían la malsana costumbre de cortarte extremedidades o los tendones de los pies para que no pudieses salir de tu bien cavada tumba o, si lo conseguías, que anduvieses lisiado por el resto de tus días. No menos bárbara era la costumbre de los gitanos de clavarte agujas de acero en el corazón y rodear tu sepulcro de plantas espinosas. Aunque conste que la manía de los griegos de bañarte en agua hirviendo para después incinerarte tampoco se queda atrás en salvajismo, y especial mención merece el delicioso sadismo de los alemanes que se te venían encima para clavarte una estaca en la boca.
 Además de todo lo mencionado anteriormente, está la fragilidad e ignorancia de los propios seres humanos, un buen ejemplo de la primera es la crisis alimentaria que desató la Peste Negra que asoló Europa, todos sufrimos bastante en aquellos años, y de la segunda sólo tengo que recordar aquella pequeña villa española en la que me asenté y que tuve que abandonar durante siglos, sí, amigos míos, siglos, por culpa de los sabuesos de la Inquisición y su paranoia religiosa.
 Hoy en día, sin embargo, tampoco tenemos las cosas mucho mejor. Por desgracia, el ser humano es un animal más bien simple, y cuando le coge miedo a algo que no podía entender en el pasado, aún teniendo explicaciones lógicas, factibles y perfectamente razonables en la mano, prefiere volver a pasar miedo y pensar que todo lo que sabe no deben de ser más que mentiras en favor de cuentos de viejas. Por supuesto, no es nuestro caso, los vampiros existimos, pero ya va siendo hora de que se pierda ese extraño interés en nosotros y se nos ponga a la altura de, qué se yo, los hombres lobo, que hace tiempo que nadie los busca.
 Por otro lado, y esto es culpa de la televisión y de los libros, todo sea dicho, los humanos tenéis la cabeza llena de pájaros y pensáis que cuando se es un vampiro todo son ventajas. Los cuentos de la literatura romántica os tienen sorbido el seso y se nota. Que si amores más allá del tiempo, que si cuerpos bellos y perfectos, la consabida inmortalidad, poderes sobrenaturales, elegancia felina y un sinfín de estupideces más que no puedo mencionar por que, la verdad, me da vergüenza. La última ocurrencia que habéis tenido es tan ridícula que casi me da asco pensar en ella. Para empezar, sí, inmortalidad, está muy bien decirlo así, pero, ¿a que nunca os habíais parado a pensar en un número inagotable de años teniendo que dormir en un ataúd, levantándoos al anochecer sólo para ir a buscar algo que echaros a la boca y después volver al mismo cajón, si es que queda un cajón al que volver y no un montón de madera podrida que cada vez que te estiras se te clava en todas partes hasta que acabas durmiendo contra la jodida tierra que se vuelve barro cuando llueve y cosas aún peores, a que no? Pues bien, eso, personalmente, tampoco me lo esperaba, pero es lo que hay. Poderes sobrenaturales, bueno, pues también está muy bien llamarle así a que tus huesos se vuelvan de una materia parecida a la gelatina y poder pasar por agujeros pequeños, pero para los que no somos polacos, más que un poder sobrenatural nos parece un estrago no atajado de la descomposición o algo semejante, y a lo de la lengua puntiaguda mejor no darle nombre. No es que seamos más rápidos, es que vosotros os tropezáis con vuestros propios pies al andar, tampoco es que seamos mucho más fuertes, es que un poco de ejercicio, así por lo general, no os vendría nada mal. Ni magia, ni transformaciones, ni nada que se le parezca, lo más, colmillos, por fortuna habéis acertado en algo y tenemos colmillos para poder romper la piel, llegar a los vasos sanguíneos y beber. En ocasiones he podido ver alguna película a través de la ventana de alguna casa y reírme sólo con los vampiros que muerden cuellos y no se manchan, realidades en las que las personas tienen graves problemas de exceso de hierro en la sangre y ésta debe brotar como si fuese chocolate, quedando todo limpio y reluciente como si hubiese pasado un simple mosquito ya que no se desperdicia ni una gota. También es verdad, por extraño que os parezca, que podemos tener sexo y hasta hijos, pero, en fin, yo no es que haya sido alguna vez el típico Adonis y eso que he vivido bajo la tiranía de varios cánones de belleza, que yo recuerde, los cadáveres hinchados y llenos de sangre, flacuchos cuando ésta se va escurriendo por la boca y otros orificios, no voy a entrar en más detalles, pálidos, con las uñas largas y llenas de suciedad y el pelo en unas condiciones similares (¿recordáis lo de dormir en el ataúd y toda esa mierda?, pues eso), no atrae ni a los hombres ni a las mujeres y, sinceramente, no creo poder hacerme cargo de un hijo en mi estado.
 Hablando de todo un poco, me gustaría añadir que el ajo, por lo menos en mi opinión, es un alimento muy saludable, ni me asquea, ni me derrito cuando lo toco, ni tampoco exploto, no me miréis así que son ideas vuestras, no me invento nada. La religión... cuando llevas un día muerto y levantas la cabeza por primera vez, lo que es la concepción de Dios y esas cosas, como que pierden todo su significado y te lo trae un poco al pairo. Las corrientes de agua pues, además de estar bien para sacarte un poco la porquería que acumulas, eran un lugar estupendo para encontrar a algún incauto a primeras horas de la noche, pero después contaminasteis los ríos y os cargasteis el invento. Si, tengo sombra, sí, también me reflejo en los espejos, aunque preferiría no hacerlo, la verdad.
 Lo más seguro es que a estas alturas os preguntéis por qué volvemos a la vida o quién fue el primero. A la primera pregunta sólo puedo decir que a mí me dieron una estupenda sepultura, siguiendo todos y cada uno de los ritos funerarios adecuados; muertes prematuras, considero que lo son todas; no era ni el séptimo ni el duodécimo de mis hermanos, todos ellos varones; ninguna marca extraña que me acompañe a día de hoy, ni siquiera nací en Sábado Santo o con la cabeza envuelta en parte de la placenta, mucho menos tragarme algo de ella, tampoco creo que me hayan maldecido por haber sido mala persona. A mí me mordieron y me desangraron hasta la muerte, concretamente, lo hizo el panadero, al que había mordido y desangrado su mujer, a la que había mordido y desangrado un vampiro que estaba de paso buscando una nueva tumba en la que quedarse. Un desastre, un soberano desastre. A la segunda pregunta he de decir que no lo sé ni sé si hay alguien que lo sepa, si lo hubo, creo a pies juntillas que ya no se encuentra entre nosotros, lo habréis matado en uno de vuestros raptos genocidas.
 A lo que viene todo esto, lo que llevo intentando decir todo este tiempo es que ser vampiro, de verdad, es una pesadilla, un aburrimiento, una maldición de marca mayor que no le deseo ni a mi peor enemigo. No os esforcéis tanto en querer alcanzar la vida eterna, por favor, y disfrutad de la que ya tenéis, por que, en mi experiencia, las alternativas son bastante, bastante malas.
Por lo demás, con que os olvidéis de nosotros, basta. Que tengáis buena noche y arropaos bien, me gusta veros bien empaquetados y listos para destapar y morder, llamadme exquisito.



Ah!, una cosa más, no sé por qué os sorprendéis tanto, hace mucho que nosotros sabemos lo que le pasaba por la cabeza a los de las sotanas. Allá atrás los sacerdotes hacían cabalgar a muchachos vírgenes sobre caballos vírgenes por los cementerios en busca de vampiros. Era una excusa muy pobre, igual que la de tener monaguillos, pero no pretendo juzgar a nadie y además es otra historia.


domingo, 18 de septiembre de 2011

Sombra


 -¿Por qué no te mueres?- inquirió con cierto cansancio.
- Vamos, vamos, muchachote, no te montes un drama a estas alturas- respondió dando una calada al cigarrillo que el otro había dejado en el cenicero.
- Estoy harto de ti- le espetó-. Eres desagradable a los cinco sentidos.
- Uf, eso ha herido profundamente mi amor propio, sobre todo viniendo de ti, amigo mío- sonrió.
- Se me agota la paciencia…
- Escucha, yo tampoco quiero estar aquí aguantando tu mierda, ¿sabes? Puedes regodearte en tu mediocridad en compañía de otro, pero por alguna extraña razón siempre acabas llamándome a mí…
- ¡Por favor, otra vez no!- exclamó, echándose las manos a la cabeza, tirándose con fuerza del pelo.
- Eres un fracaso: tienes un trabajo de mierda, una cochiquera por casa, no consigues encontrar una mujer que corresponda a tu amor como dices merecerte, eres esencialmente un fracasado y un pésimo ser humano- enunció y dio un trago al whisky-. Por cierto, la hipocresía te sienta fatal.
- Y tú eres todo un ganador, ¿verdad?- enarcó una ceja, esbozando una triste sonrisa.
-¿Cómo si no iba a estar dándote esta charla una y otra vez?- sonrió a su vez-. La hipocresía tampoco me sienta bien.
- Te estrangularía ahora mismo…
- Improbable de todo grado…- respondió de inmediato, encendiendo un cigarrillo con el que tenía entre los dedos antes de apagarlo-. En realidad, te encanta mi compañía. Además, me echarías de menos.
-¿Por qué siempre tienes que venir a machacarme?- le preguntó a punto de llorar-. No sabes cómo espero el día en el que pueda echarte de menos.
- No me hagas reír, siempre estaré aquí cuando me necesites.
-¿Qué es lo que quieres esta vez?- sollozó.
- Quiero desaparecer de tu mierda de vida, ¿me oyes?- dijo agarrándole la barbilla para levantarle la cara-. Ya estoy más que harto de que no sepas comportarte como un hombre.  
-¡Pues vete de una puta vez!- gritó dando un puñetazo en la mesa.
-¡Qué más quisiera!- se carcajeó retirando la mano y reclinándose en la silla-. Pero lo que tienes que entender es que, por mucho que me lo digas, no me lo acabo de creer, o lo que es peor, no tienes lo que hay que tener para convencerte a ti mismo. 
- Nadie te pidió que vinieses...
- Ya no sabes ni lo que dices- murmuró, negando con la cabeza-. Estás borracho otra vez, dentro de poco no vas a poder tenerte en pie sin una botella bajo el brazo.
- Hijo de puta- gruñía apretando los dientes con lágrimas en los ojos, clava la mirada en algún punto de su pantalón-. No voy a dejar que sigas haciéndome esto, ¿¡me oyes!?
- Patético- se echó a reír de nuevo, robando el último trago de whisky que quedaba en el vaso-, sinceramente patético...
-¡Ya basta!- sollozó-, por favor, ya basta.
- Ni siquiera suplicando suenas convincente- le escupió con desprecio.
Un destello de odio y rabia cruzaron por los ojos del hombre. Con el cuerpo temblando por la tensión, agarró el vaso vacío y lo lanzó contra la cara sonriente del otro. El vidrio atravesó el humo que desprendían los cigarrillos moribundos del cenicero y sin más se estrelló contra la pared, al otro lado de la cocina. Suspiró, miró a su alrededor y volvió a sentarse. Se había ido. Por esa noche ya había sido suficiente, todo lo que restaba ahora era borrar el recuerdo de su visita y anestesiar la promesa de las siguientes con el licor que aún quedaba en la botella.

viernes, 16 de septiembre de 2011

Ciudadano

 Ciudadano, eres vil y maligno, por eso tengo que castigarte. Por favor, no grites, no llores, no te defiendas, no te alces en contra de los hombres que pago para garantizar tu seguridad y que lanzo a tu yugular. Ciudadano, lo hago por tu bien, es sólo que tú no eres capaz de verlo, pues eres corrupto. Nos crees en mi, me agredes con tus palabras, te manifiestas contra mis medidas, ofendes a los que aplauden mis palabras y se conforman con que los guíe, sustentando así mi autoridad. ¿Esperas que me quede de brazos cruzados mientras nos haces eso? ¿A nosotros? ¿A mí, a mí que tanto he trabajado por mantenerte en el buen camino? Eres un mal hijo, ciudadano, por eso te lleno el cuerpo de cardenales.
 Espero que algún día aprendas de tus errores y te vuelvas sumiso, manso, manejable. Ese día, ya verás, con el tiempo, que todo lo que hago, lo hago por ti, y que siempre, siempre, siempre tengo razón.                                                                                          

Firmado: El Estado.

lunes, 12 de septiembre de 2011

Una vez más

Una vez más, cuando más lo necesitaba, el tren me trae a París. Excitado por las promesas que me susurra de nuevo, esta vez no puedo rendirme del todo a sus encantos. Derrotado, exhausto, enfermo y ahora a punto de nacer, no puedo evitar compararla contigo.

En la noche de boulevares infinitos en los que se esconden las palabras ya escritas por poetas muertos, dejo de prestarles atención y encuentro tus ojos, mirándome con la misma intensidad que imaginé en ellos un día.

Recorro en soledad las duras vigas de hierro que componen la obra de Eiffel y, de repente, el frío del metal se derrite, dejando paso a la suavidad y el candor que recordaré de tu piel. De tu piel de terracota.

Escapo hacia el Sena, pero aunque buceo con todas mis fuerzas en sus aguas, en lugar de perderte, encuentro en su lento fluir las curvas de tu rostro. Tus labios, que aún anhelo besar, perfilándose en las ondas de la corriente.

Caigo rendido entonces ante las viejas y nuevas tumbas que adornan Montparnasse. Grito tu nombre a los muertos que las habitan desde hace siglos, algunos inquilinos aún estrenando caja, y ellos me responden, acariciando los árboles con el aliento de la ciudad en la que duermen, que hoy no estás, que puede que nunca llegues a estarlo otra vez, pero que conserve tu imagen, el sonido de tus suspiros y el olor de tus cabellos. Como verás, tienen un gran sentido del humor. Y yo debo tenerlo también. Siempre me gustaron los consejos de aquellos que se fueron.

Eché de menos lo que no conocía, soñé con tus besos, tus caricias y tus miradas. Y ahora que las conozco, que las he apartado de mí, no puedo hacer otra cosa que darme cuenta de lo estúpido que soy al haberme permitido hacerlo.

sábado, 10 de septiembre de 2011

Despreciable enemigo

Aún no te conozco y ya te odio.
Cuando estoy despierto siento tu kilométrica mirada recorriendo palmo a palmo los rincones de mi anatomía, eligiendo con cuidado. Cuando duermo, sueño con tus labios hinchados, agrietados y amoratados, cortados a la mitad por una especie de herida carnosa que no sangra, solo se hunde en tu cara de pasillos llenos de puertas, camillas y batas blancas.
Casi puedo imaginar cómo será tenerte cerca. Oler tu aliento, hálito de aromas dulzones, de pus e infección incontrolable.
¡Oh, coño, pero cuánto te odio!
Te alimentarás de mí, jodido bastardo. Ya puedo verte, escondido entre los pliegues de mi cuerpo. Ya puedo sentirte creciendo desde el interior, expandiéndote sin freno. Destruyendo las formas, las ideas y los órganos a tu paso. Reventando la piel, sajando los espacios que dejan los músculos que empujas, hasta asomarte para que palpe tus asquerosas cabezas.
Aquí te espero, cabrón. No puedo ni quiero huir de ti, pero no esperes sumisión, pienso borrarte a golpes esa sonrisa con la que me acechas, combatirte hasta que no me queden fuerzas ni siquiera para maldecirte. El único consuelo que me queda es que, pase lo pase, al final te llevaré conmigo a donde sea que me mandes.

domingo, 4 de septiembre de 2011

La Reunión

[Dedicado a esos dos con los que compartía mis horas nocturnas en las cafeterías de Coruña]


Caminaba solo, como de costumbre.
Daba grandes zancadas pero sus pasos eran lentos y pesados, más parecía un barco zarandeado por una tormenta en medio del océano que un hombre subiendo una cuesta.
Cuando al fin hizo cima dio un fuerte soplido y se echó las manos a los bolsillos de la gabardina. Se quedó quieto un momento, como si estudiase los alrededores. Soltó un bufido de aprobación y sacó una lata de tabaco y una pipa.
- Muy bien...- musitó mientras su aliento volaba en nubes blancas- Ya estamos aquí- y miró una vez más en torno suyo.
Había llegado a una plaza de suelo empedrado, rodeada por pequeñas casas de uno o dos pisos y coronada por una anciana iglesia reumática. La sombra del campanario parecía más larga de lo que recordaba, devorando metro tras metro de la luz azulada que lo teñía todo. Su glotonería la llevaba a lamer las puertas de los achaparrados enanos que lo miraban desde el otro lado, llevando consigo aquel agujero luminoso a modo de ojo en medio de su imaginaria cabeza.
El hombre carraspeó, juntando y apretujando mecánicamente el tabaco dentro de la cazuela de madera, ignorando el frío omnipresente de la escena. La noche, ya enterrada en las tripas de Noviembre, realmente tiritaba con un viento escarchado que tocaba los cristales y los manchaba de blanco. El hombre carraspeó una vez más, encendió un fósforo, prendió la pipa y se apoyó contra una esquina.
- Ah, sí...- dijo con voz ronca, exhalando el humo caliente. En ese momento casi le pareció una buena idea haber gastado un poco de buen whisky para quemar el interior de la cazuela. Casi.
Mordió la boquilla de la pipa y se llevó en los dedos algunas gotas de rocío que su respiración dejaba en el espeso bigote. Por un momento sintió el dolor del relámpago que lo llevaba acompañando varios años, restallando en la mitad de su espalda, bajando por la cadera y el muslo hasta la rodilla. Hundió los nudillos en la zona con una mueca y abandonó su refugio, llevándose hacia el centro de la plaza.
Las suelas levantaban ecos a su alrededor y se dio cuenta, en aquel sonido estéril, del otoño, casi muerto por el invierno, que lo rodeaba. El peso de sus muchos años, de los muchos kilómetros andados, de las muchas cajetillas de tabaco aplastadas, de las muchas botellas desteñidas hasta hacerlas transparentes, cayeron de repente sobre él. El aire se escapó de sus pulmones como si le hubiesen dado un puñetazo,  y le pareció que no iba a ser capaz de hacerlo volver. Se detuvo un momento y se echó la mano al pecho. Intentó tranquilizarse, respirando profundamente, hasta que poco a poco, el frío serenó aquella ansiedad y se sintió aliviado.
- No tienes nada... es sólo tu imaginación, sólo tu imaginación- se repetía una y otra vez en voz baja y luego en su cabeza.
-¿Cómo es posible que aún lleves esa boina?- preguntó una voz masculina, tan liviana y calmada como recordaba.
-¿Es que me reconocerías sin ella?- un hombre enjuto, con una bufanda guardando su garganta y un sombrero cubriendo una calva surcada de manchas de vejez, tapaba la luz que dejaba pasar la boca del campanario. Bajo su gabán se adivinaba una gruesa camisa gris y un chaleco. De su hombro, gastada por el uso, colgaba una bandolera de cuero. Entre los dedos, índice, anular y pulgar manchados de amarillo, humeaba un cigarrillo recién liado
-¿Llevas mucho tiempo esperando?- carraspeó y esbozó una leve sonrisa.
- El justo y necesario- se levantó y lo estrechó entre sus brazos unos largos segundos-. Te veo estupendamente, ¿te tratan bien en los agujeros en los que te metes?
- Si, bien... como siempre- asintió.
- No esperaba que llegaseis tan pronto- se unió otra voz, esta vez femenina, que se aproximaba rápidamente-. ¿No he tardado mucho, verdad?
- Todo lo contrario- dijo el viejo de la pipa, ambos girándose para esperarla. La mujer, con sus labios, rodeados de arrugas y pintados de rojo, y una blancura de nieve en la piel, parecía una fotografía en movimiento. Un jersey de lana de aspecto pesado la protegía del frío, pero sus piernas debían sufrirlo con dureza allí a donde la falda no llegaba pese a las medias. Entre sus dedos reposaba un puro a medio consumir de un inequívoco aroma a café-. Me alegro mucho de veros, se os echaba de menos.
- Lo mismo digo- sonrió el primer anciano, el otro también sonrió y asintió con energía.
-¿A quién le tocaba traer la llave?- preguntó el hombre del cigarrillo.
- Me tocaba a mí- respondió la mujer con una chispa en los ojos mientras rebuscaba en el bolso y extraía una llave de hierro algo oxidada.
- Bueno, pues vamos entonces- sentenció el viejo de la pipa, pasando los brazos por los hombros de los otros dos y se aproximaron a una de las pequeñas casas, justo enfrente a la iglesia.
Entraron sin ceremonias y encendieron la luz. Poco a poco, la casa empezó a tomar vida y un trío de risas, en especial una de ellas, más estruendosa, resonaron en la plaza. El humo se elevó desde la chimenea con calma y un olor a café recién hecho, cerveza y una fina sensación de bourbon inundaron la escena.
Por la mañana, un niño que se había despertado asustado por el ruido y las risas les oyó despedirse. Somnoliento, los miró con curiosidad mientras hablaban, los tres abrazándose con cariño. En torno a aquellas personas, el pequeño creía ver escenas contadas por aquellos ojos, aquellas arrugas, aquellas manos de aspecto frágil, igual que en un libro de colorear. Se quedó dormido un instante y, cuando su cabeza se echaba hacia adelante, abrió los ojos y los extraños ancianos ya se habían ido.