Coruña, siempre Coruña. Casi rodeada por los cuatro costados por las frías aguas del Atlántico que se mecen o se enfurecen en sus playas, abiertas a la espuma blanca de semen que deja el oleaje.
Envuelta en un sopor del que no despierta, son sus venas calientes y vivas, por las que corren las risas de la vida nocturna y los motores del trabajo diario. Dama risueña que coquetea en la geografía gallega, señora de trono gastado y banco vacío, anciana de mandil manchado por la tierra de la huerta y las escamas del mar.
La de las mil gaviotas que lloran en el puerto al olor del pescado recién descargado. La de la historia que perdura en los corazones de aquellos que miran la Torre de Hércules durante los días en los que desde su cumbre se ven otras tierras. La de los que pasean bajo el grueso follaje de los jardines de Méndez Núñez. La de los que se pierden por la Ciudad Vieja de San Judas Tadeo, San Carlos y la Virgen del Pilar, sólo para encontrarse de nuevo con el azul siempre cambiante. La ciudad en la que la fuente de Cuatro Caminos se convierte en el centro mismo del universo. Del Obelisco y su anciano reloj. De María Pita, de Hércules y Gerión de Breogán y sus leyendas.
La vieja y nueva Coruña, caótica y terrible, acogedora y cariñosa. Mi odiada Coruña. Mi amada Coruña.
Siempre Coruña.
sábado, 9 de octubre de 2010
jueves, 7 de octubre de 2010
La naturaleza del monstruo
Caí en la desgracia de encontrar tus fotos mientras buceaba en lagos de oro, de fuego embotellado. Las recogí y las miré con los ojos empañados de ceniza y humo mientras nadaba de vuelta a las playas de cristal.
Empapado pero seco, dejé los árboles muertos sobre los que me apoyaba, tambaleándome a través de las canteras de cien montañas hasta derrumbarme en la cama sin el menor rastro de cansancio.
Me quedé observándote, contemplando aquella miniatura de ti como si en realidad fueses tú. Derramé mis pupilas sobre mi pecho recordando, recordando el sabor de la divinidad que habitaba tus labios, el olor de las fibras que componían la enramada de tu cabellera. El horror de saber con certeza que me había contaminado sin remedio.
Tiré tus imágenes rotas en pedazos, bramando con la ira del que ve frustrada su vida por el miedo a la muerte. Recordándote. Corrí a zambullirme en el olvido del abrazo salvaje del color de los ciervos y el aroma de la abominable decadencia de la vida. Hastiado, incapaz de soportar el peso de mi propia sombra, me sumergí hasta saciar por completo mi sed.
Arrastrándome sin tocar el suelo, postrado de pie, subí al desván. Encendí la luz, borracho de tus fantasmales senos mientras la realidad me golpeaba robándome la nube de inconsciencia que había trasegado. Avancé por la garganta de la avaricia que me rodeaba y llegué hasta la gigantesca bestia que allí había encadenado. Del tamaño de un oso, su gigantesco cuerpo jorobado, deforme, imponente y temible estaba cubierto por una piel arrugada como el pergamino y negra como el carbón. Sus largos brazos, acabados en manos demacradas de uñas rotas, colgaban casi sin vida de sus costados. Me oyó llegar y alzó la cabeza, ceñida su frente por una corona de claveles turcos, mirándome con los ojos más tristes y más hermosos que había visto nunca.
Me acerqué a la bestia, solté sus manos y sus pies y sonrió, la sonrisa más sensual que me habían dedicado jamás. Me eché sobre ella y le dije: "devórame y nunca más me dejes solo contigo".
Empapado pero seco, dejé los árboles muertos sobre los que me apoyaba, tambaleándome a través de las canteras de cien montañas hasta derrumbarme en la cama sin el menor rastro de cansancio.
Me quedé observándote, contemplando aquella miniatura de ti como si en realidad fueses tú. Derramé mis pupilas sobre mi pecho recordando, recordando el sabor de la divinidad que habitaba tus labios, el olor de las fibras que componían la enramada de tu cabellera. El horror de saber con certeza que me había contaminado sin remedio.
Tiré tus imágenes rotas en pedazos, bramando con la ira del que ve frustrada su vida por el miedo a la muerte. Recordándote. Corrí a zambullirme en el olvido del abrazo salvaje del color de los ciervos y el aroma de la abominable decadencia de la vida. Hastiado, incapaz de soportar el peso de mi propia sombra, me sumergí hasta saciar por completo mi sed.
Arrastrándome sin tocar el suelo, postrado de pie, subí al desván. Encendí la luz, borracho de tus fantasmales senos mientras la realidad me golpeaba robándome la nube de inconsciencia que había trasegado. Avancé por la garganta de la avaricia que me rodeaba y llegué hasta la gigantesca bestia que allí había encadenado. Del tamaño de un oso, su gigantesco cuerpo jorobado, deforme, imponente y temible estaba cubierto por una piel arrugada como el pergamino y negra como el carbón. Sus largos brazos, acabados en manos demacradas de uñas rotas, colgaban casi sin vida de sus costados. Me oyó llegar y alzó la cabeza, ceñida su frente por una corona de claveles turcos, mirándome con los ojos más tristes y más hermosos que había visto nunca.
Me acerqué a la bestia, solté sus manos y sus pies y sonrió, la sonrisa más sensual que me habían dedicado jamás. Me eché sobre ella y le dije: "devórame y nunca más me dejes solo contigo".
domingo, 3 de octubre de 2010
12 de Mayo de 1944, Crimea
La sed infinita del Mar Negro se estrella contra los rompeolas de los muelles. Me dejaría arrastrar por su insinuante voz de sirena, pero el estruendo de una voracidad aún más oscura que sus profundidades me arranca de esos pensamientos y me doy cuenta de que sus aguas son ahora rojas.
Hace días que luchamos calle por calle, sabiendo que nos han derrotado. Nos empujamos, nos gritamos, disparamos, acuchillamos y morimos mientras nuestro enemigo nos acecha, nos cerca, supera, persigue y caza. Hace días que luchamos para no ser devorados.
Por las noches cierro los ojos. Los bramidos de los hombres sin nombre deja de importarme, las garras de los fusiles no me alcanzan y el eco del fuego se convierte en música. Entonces vuelvo a sentir la fría nieve, el olor de la montaña y el ulular de los búhos, allí arriba en los Cárpatos, a donde no podré regresar.
Hace días que luchamos calle por calle, sabiendo que nos han derrotado. Nos empujamos, nos gritamos, disparamos, acuchillamos y morimos mientras nuestro enemigo nos acecha, nos cerca, supera, persigue y caza. Hace días que luchamos para no ser devorados.
Por las noches cierro los ojos. Los bramidos de los hombres sin nombre deja de importarme, las garras de los fusiles no me alcanzan y el eco del fuego se convierte en música. Entonces vuelvo a sentir la fría nieve, el olor de la montaña y el ulular de los búhos, allí arriba en los Cárpatos, a donde no podré regresar.
jueves, 16 de septiembre de 2010
El reproche
La mujer se arrodilló en un rincón, al lado de la chimenea, y observó los rescoldos humeantes que dejó el fuego. Empezó a soplar sobre las cenizas aún rojas hasta que prendieron de nuevo. Una llama radiante iluminó por fin sus pálidas mejillas y pareció embellecer aquellos ojos oscuros que una vez fueron hermosos. Lentamente, arrastrando los pies, se acercó al polvoriento tocadiscos. Con cuidado situó la aguja en el borde del vinilo y Léo Ferré empezó a cantar “La Transformación del Vampiro” de Baudelaire. Escuchó extasiada durante unos segundos, se giró y fue hacia el sillón con iguales fatigas. Se sentó con grandes dificultades, torciéndose su cara de dolor, suspirando ruidosamente al descansar la espalda. La anciana miró entonces un retrato, casi tan viejo como ella, que le devolvía la mirada desde la chimenea y, mientras Ferré y el piano comenzaban con la segunda parte del poema, dijo:
- Nunca debiste apartarte de mí aquella noche en París, Charles.
- Nunca debiste apartarte de mí aquella noche en París, Charles.
miércoles, 15 de septiembre de 2010
Una pesadilla
Sentado frente al fuego me dejo caer en el sueño, llevado por el latido del reloj.
De repente, un olor a vinagre me hace abrirme en arcadas pero aún puedo oír el siseo asqueroso que lo acompaña. Giro la cabeza y por el umbral sin puerta aparece una serpiente, negra como el carbón, sus escamas brillan como esquirlas de azabache. La bífida lengua sale una y otra vez de su boca, se eleva un instante y mira a su alrededor. Poco a poco, repta hacia mí. Ni siquiera intento moverme. Estoy dormido. Sus anillos se enroscan en mis piernas cruzadas, siento su cuerpo frío aún a través de la ropa. La cabeza del tamaño de un puño, se acerca a mi cara. Me toca. Me… ¿besa? No intento moverme. Estoy despierto.
-¿Quién- preguntó ella con una voz como nunca había escuchado otra- eres tú?, ¿qué haces aquí?, no has nacido aquí, no has crecido aquí, pero sí que has llorado aquí.
- Yo no he llorado- respondí.
-¿No has llorado?- rió la serpiente- ¿No es tuyo el rastro que he seguido?, ¿no son tus lágrimas las que he bebido?
- Yo no he llorado- contesté.
Su roja lengua tocó mi mejilla. Una. Dos. Tres veces. El reloj, ¿las tres de la madrugada?
- Sí- siseó ella-, sí que has llorado, y sigues haciéndolo- tal y como vino empezó a moverse, lentamente. Pasó sus escamas por mi cara mientras pasaba por mis hombros, ¡que cálidas eran! Lloro.
Ya no la siento. No sé a donde se ha ido. Miro a la negrura de la chimenea, pero el fuego ya no está. En su lugar está sentada ella, con su vestido de tela blanca, con el pelo largo y oscuro que le cae hasta la cintura. La muñeca de mi habitación. La muñeca del desván. Me mira con sus ojos deformados… no puedo soportar su mirada. No puedo…
Despierto en mi cama. Sobre la almohada un fino y largo cabello negro y una cinta de tela blanca.
De repente, un olor a vinagre me hace abrirme en arcadas pero aún puedo oír el siseo asqueroso que lo acompaña. Giro la cabeza y por el umbral sin puerta aparece una serpiente, negra como el carbón, sus escamas brillan como esquirlas de azabache. La bífida lengua sale una y otra vez de su boca, se eleva un instante y mira a su alrededor. Poco a poco, repta hacia mí. Ni siquiera intento moverme. Estoy dormido. Sus anillos se enroscan en mis piernas cruzadas, siento su cuerpo frío aún a través de la ropa. La cabeza del tamaño de un puño, se acerca a mi cara. Me toca. Me… ¿besa? No intento moverme. Estoy despierto.
-¿Quién- preguntó ella con una voz como nunca había escuchado otra- eres tú?, ¿qué haces aquí?, no has nacido aquí, no has crecido aquí, pero sí que has llorado aquí.
- Yo no he llorado- respondí.
-¿No has llorado?- rió la serpiente- ¿No es tuyo el rastro que he seguido?, ¿no son tus lágrimas las que he bebido?
- Yo no he llorado- contesté.
Su roja lengua tocó mi mejilla. Una. Dos. Tres veces. El reloj, ¿las tres de la madrugada?
- Sí- siseó ella-, sí que has llorado, y sigues haciéndolo- tal y como vino empezó a moverse, lentamente. Pasó sus escamas por mi cara mientras pasaba por mis hombros, ¡que cálidas eran! Lloro.
Ya no la siento. No sé a donde se ha ido. Miro a la negrura de la chimenea, pero el fuego ya no está. En su lugar está sentada ella, con su vestido de tela blanca, con el pelo largo y oscuro que le cae hasta la cintura. La muñeca de mi habitación. La muñeca del desván. Me mira con sus ojos deformados… no puedo soportar su mirada. No puedo…
Despierto en mi cama. Sobre la almohada un fino y largo cabello negro y una cinta de tela blanca.
jueves, 18 de junio de 2009
La Ardua Vida del No Muerto
Cruel y despiadado es el destino de nosotros, los zombis. Tras un vida ingrata, llena de decepciones y torturas indescriptibles desde que tenemos uso de razón, sobreviene, tarde o temprano, para bien o para mal, la muerte…, en general, dolorosa o, en su defecto, estúpida.
Este es un trámite altamente complicado y burocratizado. Hasta este punto llega la avaricia del hombre, que convierte la muerte de sus semejantes en un triste pero lucrativo negocio. Primero, debemos pasar por las manos grasientas y descuidadas de ineptos, que manosean cada centímetro de nuestro cuerpo, buscando una parte de nuestra anatomía que aprovechar. Luego, los restos mortales de, la antaño y más o menos, orgullosa figura de la que gozábamos, es expuesta para que todos, familiares, víboras en busca de herencia, amigos y enemigos sufran, o se regocijen, con nuestra desaparición. Y al fin, tras las oraciones a un Dios que puede o no estar escuchando, muertos y enterrados, podemos dar por concluida la injusticia de los vivos…, pero para el zombi, esto no termina.
El no muerto despierta en la oscuridad, a dos metros bajo tierra bien prensada y encerrado en un ataúd desvencijado que, ten por seguro, ha arruinado, junto con los gastos del sacerdote y los emolumentos de los enterradores, a nuestra familia o ha sido proporcionado por el Estado, que, de algún modo, se ha hecho cargo de nuestra despedida, en un intento por justificar los impuestos con los que nos ha estado sangrando día sí y día también. Así, empujado a superar la, posiblemente, peor situación de su existencia, el zombi debe hacer añicos el cajón de madera en el que ha caído, cavar a través de la tierra y amanecer a su nueva forma de castigo.
Ahora, imaginad por un momento que os levantáis de la cama tras una larga siesta, y vuestros brazos y piernas no obedecen vuestras órdenes o, al menos, lo hacen de forma extraña. Creedme, no es nada agradable escuchar como los huesos y músculos chascan, crujiendo mientras se liberan de su entumecimiento. El livor mortis resulta irrelevante, en serio, tienes mayores problemas que ver como tus pies o tu espalda se vuelven del color de un hematoma. Si tienes suerte, habrás topado con un embalsamador lo suficientemente bueno como para que la autolisis y la putrefacción no te den demasiados problemas, si no…, pobrecito. No quiero que queráis saber lo que un zombi puede sentir, sabiendo que su estómago, ahora sin mucosa que lo recubra, deja que los jugos gástricos escapen, y comiencen a deshacer los órganos vitales que hay a su alrededor. La putrefacción…, no nos preocupamos tampoco demasiado por ella, es como esos placenteros picores que deseas rascar como si fueras un perro, con la diferencia de que la piel y la carne se desprenden a tiras si lo haces… y si no lo haces, también. Pero, qué más da, ya estás muerto, qué puede ser peor que eso. Pues yo os lo diré: los insectos. A esos pequeños bastardos les da igual lo que puedas sufrir, y enseguida te usan como casa, llenando todos los rincones que pueden con sus huevos, alimentándose de ti hasta que, por fin, dejas de interesarles…, generalmente cuando el calor de la putrefacción te hace repulsivo, incluso para ellos. Sinceramente, a veces hecho de menos a las zumbantes moscas que se arremolinaban sobre mi cabeza…, después de todo hacían compañía.
La tumefacción sigue a todo esto, convirtiéndote en un cúmulo de gases apestosos, que hacen que los perros puedan olerte a varios kilómetros de distancia. Es extrañamente tranquilizador que, durante estos momentos, ya no te importe nada…, sobre todo porque, cuando trastabillas por primera vez, caes y la pasta en la que se han convertido tus órganos cae de tu boca. Cuando me pasó a mí, me quedé mirando el charco durante largo rato, intentando averiguar a qué distintas partes de mi interior correspondían los diferentes colores. Ni que decir tiene que no lo conseguí, pero al menos fue entretenido.
Si vives lo suficiente…, bueno, si sobrevives lo suficiente, llegarás a la última fase del ciclo no vital del zombi. Básicamente, te destruyen los mil y un problemas que te han acosado a lo largo de las semanas. Cuando estabas harto de que la piel se cayera como las hojas de un árbol en otoño, ves que son ahora los músculos y la carne la que se desprende de tus huesos. Es vergonzoso agarrar a una de tus víctimas y ver, para su sorpresa, que tus dedos se van con él cuando se resiste. Por fortuna, otros compañeros, en mejores circunstancias que yo, consiguieron cogerlo a tiempo e impedir que huyera.
Y bueno…, creo que esto es todo en la vida de un zombi. La verdad, es que me gustaría deciros por qué los zombis perseguimos a los seres vivos…, pero, como sucede con los vivos, cada uno de nosotros es un mundo. Yo, personalmente, lo hago para que todos sepan lo que se siente, y nos respeten. El otro día conocí a uno que lo hacía por no quedarse en su mausoleo, y otro que esperaba vengarse porque no entendía por qué tenía que encontrarse él en esa situación. Por supuesto, también he topado con zombis tópicos, los que cazan porque dicen que tienen hambre…, no sé como pueden tener hambre si ya no tienen estómago, aunque supongo que algo tiene que ver con lo que nos han legado nuestros hermanos hollywoodienses.
En fin…, espero haber aclarado todas vuestras dudas. Ahora, tengo delante a un vivo que no sabe que lo estoy mirando, está demasiado ocupado con la pantalla del ordenador. Voy a acercarme, por si acaso no ha entendido lo que quería decir.
Este es un trámite altamente complicado y burocratizado. Hasta este punto llega la avaricia del hombre, que convierte la muerte de sus semejantes en un triste pero lucrativo negocio. Primero, debemos pasar por las manos grasientas y descuidadas de ineptos, que manosean cada centímetro de nuestro cuerpo, buscando una parte de nuestra anatomía que aprovechar. Luego, los restos mortales de, la antaño y más o menos, orgullosa figura de la que gozábamos, es expuesta para que todos, familiares, víboras en busca de herencia, amigos y enemigos sufran, o se regocijen, con nuestra desaparición. Y al fin, tras las oraciones a un Dios que puede o no estar escuchando, muertos y enterrados, podemos dar por concluida la injusticia de los vivos…, pero para el zombi, esto no termina.
El no muerto despierta en la oscuridad, a dos metros bajo tierra bien prensada y encerrado en un ataúd desvencijado que, ten por seguro, ha arruinado, junto con los gastos del sacerdote y los emolumentos de los enterradores, a nuestra familia o ha sido proporcionado por el Estado, que, de algún modo, se ha hecho cargo de nuestra despedida, en un intento por justificar los impuestos con los que nos ha estado sangrando día sí y día también. Así, empujado a superar la, posiblemente, peor situación de su existencia, el zombi debe hacer añicos el cajón de madera en el que ha caído, cavar a través de la tierra y amanecer a su nueva forma de castigo.
Ahora, imaginad por un momento que os levantáis de la cama tras una larga siesta, y vuestros brazos y piernas no obedecen vuestras órdenes o, al menos, lo hacen de forma extraña. Creedme, no es nada agradable escuchar como los huesos y músculos chascan, crujiendo mientras se liberan de su entumecimiento. El livor mortis resulta irrelevante, en serio, tienes mayores problemas que ver como tus pies o tu espalda se vuelven del color de un hematoma. Si tienes suerte, habrás topado con un embalsamador lo suficientemente bueno como para que la autolisis y la putrefacción no te den demasiados problemas, si no…, pobrecito. No quiero que queráis saber lo que un zombi puede sentir, sabiendo que su estómago, ahora sin mucosa que lo recubra, deja que los jugos gástricos escapen, y comiencen a deshacer los órganos vitales que hay a su alrededor. La putrefacción…, no nos preocupamos tampoco demasiado por ella, es como esos placenteros picores que deseas rascar como si fueras un perro, con la diferencia de que la piel y la carne se desprenden a tiras si lo haces… y si no lo haces, también. Pero, qué más da, ya estás muerto, qué puede ser peor que eso. Pues yo os lo diré: los insectos. A esos pequeños bastardos les da igual lo que puedas sufrir, y enseguida te usan como casa, llenando todos los rincones que pueden con sus huevos, alimentándose de ti hasta que, por fin, dejas de interesarles…, generalmente cuando el calor de la putrefacción te hace repulsivo, incluso para ellos. Sinceramente, a veces hecho de menos a las zumbantes moscas que se arremolinaban sobre mi cabeza…, después de todo hacían compañía.
La tumefacción sigue a todo esto, convirtiéndote en un cúmulo de gases apestosos, que hacen que los perros puedan olerte a varios kilómetros de distancia. Es extrañamente tranquilizador que, durante estos momentos, ya no te importe nada…, sobre todo porque, cuando trastabillas por primera vez, caes y la pasta en la que se han convertido tus órganos cae de tu boca. Cuando me pasó a mí, me quedé mirando el charco durante largo rato, intentando averiguar a qué distintas partes de mi interior correspondían los diferentes colores. Ni que decir tiene que no lo conseguí, pero al menos fue entretenido.
Si vives lo suficiente…, bueno, si sobrevives lo suficiente, llegarás a la última fase del ciclo no vital del zombi. Básicamente, te destruyen los mil y un problemas que te han acosado a lo largo de las semanas. Cuando estabas harto de que la piel se cayera como las hojas de un árbol en otoño, ves que son ahora los músculos y la carne la que se desprende de tus huesos. Es vergonzoso agarrar a una de tus víctimas y ver, para su sorpresa, que tus dedos se van con él cuando se resiste. Por fortuna, otros compañeros, en mejores circunstancias que yo, consiguieron cogerlo a tiempo e impedir que huyera.
Y bueno…, creo que esto es todo en la vida de un zombi. La verdad, es que me gustaría deciros por qué los zombis perseguimos a los seres vivos…, pero, como sucede con los vivos, cada uno de nosotros es un mundo. Yo, personalmente, lo hago para que todos sepan lo que se siente, y nos respeten. El otro día conocí a uno que lo hacía por no quedarse en su mausoleo, y otro que esperaba vengarse porque no entendía por qué tenía que encontrarse él en esa situación. Por supuesto, también he topado con zombis tópicos, los que cazan porque dicen que tienen hambre…, no sé como pueden tener hambre si ya no tienen estómago, aunque supongo que algo tiene que ver con lo que nos han legado nuestros hermanos hollywoodienses.
En fin…, espero haber aclarado todas vuestras dudas. Ahora, tengo delante a un vivo que no sabe que lo estoy mirando, está demasiado ocupado con la pantalla del ordenador. Voy a acercarme, por si acaso no ha entendido lo que quería decir.
lunes, 2 de febrero de 2009
Un puro y un vaso de whisky
El humo se elevaba desde el cenicero, sinuoso como una gris serpiente que nacía de las colillas para morir contra el techo de la habitación. Sobre la pequeña mesilla de noche, en una copa se ahogaban dos piedras de hielo en un pequeño mar de whisky. En la estancia se respiraba una extraña calma, flotando junto a la bruma del tabaco, sólo rota por el continuo repiqueteo de la lluvia contra el cristal de las ventanas. El rugido de un trueno rasgó la noche, y su rojo fulgor inundó el silencio. Otro lo siguió de inmediato, y otro más. En la puerta, soportando el azote del agua y el viento, un hombre aguantaba contra su hombro una escopeta de humeante cañón. La sangre manaba de un centenar de cortes que jalonaban sus brazos y su cara, su ojo izquierdo estaba cerrado, surcado por una fea herida que todavía sangraba, supurando por la infección. Con mano temblorosa buscó en el bolsillo de su ensangrentada camisa, aferrando dos cartuchos con una fuerza nacida de la desesperación. Rápido recargó la escopeta y volvió a disparar. Luego, cerró de un portazo, corriendo varios pasadores antes de dejarse caer sobre el sillón. Con un sonoro suspiro, se llevó la copa a los labios y apuró su contenido de un trago. Mientras el alcohol quemaba su garganta, cogió un puro del cajón de la mesilla y lo encendió. El humo inundó sus pulmones y lo tranquilizó, el whisky bajó por su pecho hasta su estómago, y ahuyentó el frío de sus huesos. Masculló una maldición y, lentamente, se quedó dormido.
Las nubes corrieron con el viento, y las horas pasaron como si fuesen días. El hombre se levantó de repente cuando un sonido, diferente al ulular del viento, se hizo escuchar en la habitación. Con el corazón en un puño, corrió a la puerta, la abrió y apuntó el cañón de la escopeta a la nada. A penas se descubrió a la luz del atardecer, el arma escupió el contenido de sus entrañas en una nube de metal. Aterrado, cerró de nuevo y se echó hacia atrás, recargando. Se giró con terror cuando algo golpeó una de las ventanas, disparando contra ella, rompiéndola en pedazos. No había nada detrás. Enseguida se aproximó al agujero, y echó un vistazo al porche. Nada. Volvió a la mesilla y cogió otro puro. Exhausto, se sentó en el sillón. Rebuscó durante unos minutos en sus bolsillos y, tras comprobar que estaba ahí, dejó que el cansancio se lo llevase.
El sueño lo abandonó de nuevo. Unos pasos, lentos y pesados, provenían del porche. Decidido a acabar con aquella locura, asió la escopeta y abrió la puerta de súbito. Tras ella, un ser de pesadilla le sonrió con sus sanguinolentas fauces, y extendió hacia él unas manos que amenazaron con cerrarse en torno a su cuello. El miedo se adueñó de él, sin poder hacer otra cosa, descargó el arma contra el pecho de la criatura, pero el monstruo ni siquiera se inmutó, avanzando sin más. Las zarpas descarnadas encontraron lo que buscaban, apretando la garganta del hombre como tenazas. Los pulmones le ardieron, pidiendo un aire que no llegaba, el corazón golpeó dentro de su pecho como si fuera a estallar, y en su mente, sólo se dibujó una solución. En un último impulso de ira, usó la culata de la escopeta para golpear la cara del monstruo. El crujido escalofriante de los huesos rompiéndose, se hizo cuando la nariz del ser se rompió. La violencia del impacto echó a la criatura hacia atrás, tambaleándose hasta estar a punto de caer. Sonriendo, el hombre miró fijamente a los ojos vidriosos del ser, situó el cañón bajó la barbilla y apretó el gatillo.
Los restos sanguinolentos de la nariz goteaban un líquido negro y viscoso, que algún día había sido sangre. Con paso lento, se acercó al cadáver del hombre al que, durante días, había acechado. Durante largo rato se quedó observándolo, esperando a que se moviera, pero no hizo nada. Sus sesos manchaban el techo y el suelo, llevados por los perdigones. El olor de la sangre recién derramada llegó al paladar del monstruo, y entonces supo qué es lo que le había llevado hasta él. Buscó en los bolsillos del cadáver y cogió las llaves de la casa. Con la velocidad que sus extremidades se lo permitieron, se giró hacia el sillón y miró la mesilla de noche. Un brillo de comprensión surcó su mirada. Abrió el pequeño cajón y sacó de él un puro. Llenó la copa con el whisky que había detrás del sofá. Exhausto, se dejó caer. Con la copa en una mano, y el puro encendido en la otra, su lengua hinchada se movió perezosa.
- P..., por fin... n.... ca.... casa
Las nubes corrieron con el viento, y las horas pasaron como si fuesen días. El hombre se levantó de repente cuando un sonido, diferente al ulular del viento, se hizo escuchar en la habitación. Con el corazón en un puño, corrió a la puerta, la abrió y apuntó el cañón de la escopeta a la nada. A penas se descubrió a la luz del atardecer, el arma escupió el contenido de sus entrañas en una nube de metal. Aterrado, cerró de nuevo y se echó hacia atrás, recargando. Se giró con terror cuando algo golpeó una de las ventanas, disparando contra ella, rompiéndola en pedazos. No había nada detrás. Enseguida se aproximó al agujero, y echó un vistazo al porche. Nada. Volvió a la mesilla y cogió otro puro. Exhausto, se sentó en el sillón. Rebuscó durante unos minutos en sus bolsillos y, tras comprobar que estaba ahí, dejó que el cansancio se lo llevase.
El sueño lo abandonó de nuevo. Unos pasos, lentos y pesados, provenían del porche. Decidido a acabar con aquella locura, asió la escopeta y abrió la puerta de súbito. Tras ella, un ser de pesadilla le sonrió con sus sanguinolentas fauces, y extendió hacia él unas manos que amenazaron con cerrarse en torno a su cuello. El miedo se adueñó de él, sin poder hacer otra cosa, descargó el arma contra el pecho de la criatura, pero el monstruo ni siquiera se inmutó, avanzando sin más. Las zarpas descarnadas encontraron lo que buscaban, apretando la garganta del hombre como tenazas. Los pulmones le ardieron, pidiendo un aire que no llegaba, el corazón golpeó dentro de su pecho como si fuera a estallar, y en su mente, sólo se dibujó una solución. En un último impulso de ira, usó la culata de la escopeta para golpear la cara del monstruo. El crujido escalofriante de los huesos rompiéndose, se hizo cuando la nariz del ser se rompió. La violencia del impacto echó a la criatura hacia atrás, tambaleándose hasta estar a punto de caer. Sonriendo, el hombre miró fijamente a los ojos vidriosos del ser, situó el cañón bajó la barbilla y apretó el gatillo.
Los restos sanguinolentos de la nariz goteaban un líquido negro y viscoso, que algún día había sido sangre. Con paso lento, se acercó al cadáver del hombre al que, durante días, había acechado. Durante largo rato se quedó observándolo, esperando a que se moviera, pero no hizo nada. Sus sesos manchaban el techo y el suelo, llevados por los perdigones. El olor de la sangre recién derramada llegó al paladar del monstruo, y entonces supo qué es lo que le había llevado hasta él. Buscó en los bolsillos del cadáver y cogió las llaves de la casa. Con la velocidad que sus extremidades se lo permitieron, se giró hacia el sillón y miró la mesilla de noche. Un brillo de comprensión surcó su mirada. Abrió el pequeño cajón y sacó de él un puro. Llenó la copa con el whisky que había detrás del sofá. Exhausto, se dejó caer. Con la copa en una mano, y el puro encendido en la otra, su lengua hinchada se movió perezosa.
- P..., por fin... n.... ca.... casa
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